Gaza
(Eduardo Galeano ,2012)
Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio
y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus
autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos.
Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No
pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su
libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando
votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se
convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las
elecciones en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el
Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre,
los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos
a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.
Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas,
acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que
habían sido palestinas y que la ocupación israelí usurpó. Y la desesperación, a
la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el
derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy
eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la
existencia de Palestina. Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está
borrando del mapa.
Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera.
Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay guerra agresiva
que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que
Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Iraq para evitar que Iraq invadiera el
mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo
de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los
títulos de propiedad que la
Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el
pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho.
Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones
de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales
internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el
único país que ha legalizado la tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el
derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que
Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera
podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con ETA, ni el gobierno
británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la
tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz
verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional
de sus vasallos?
El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién
mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños
colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada
diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas
de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está
ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica.
Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien
palestinos muertos, un israelí.
Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos
de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como
cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son
humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia
nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.
La llamada comunidad internacional, ¿existe?
¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más
que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando hacen teatro?
Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como
siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las
declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinden tributo a la sagrada
impunidad.
Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como
siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.
La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que
otra lágrima mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la
cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio
siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son
semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre
contante y sonante, una cuenta ajena.
La historia de Gaza que los israelíes no cuentan
Robert Fisk /
The Independent -(13 de Julio de 2014)
Muy bien, para la tarde del viernes el intercambio de muertes estaba 110-0
en favor de Israel. Pero pasemos a la historia de Gaza que nadie va a contarnos
en estas horas. Se trata de la tierra. Los israelíes de Sederot reciben fuego
de cohetes de los palestinos de Gaza y ahora a los palestinos les dan su
merecido.
Seguro, pero esperen: ¿cómo es posible que todos esos palestinos –1.5
millones- estén amontonados allí en Gaza, por principio de cuentas? Bueno, sus
familias vivieron alguna vez en lo que hoy se llama Israel, ¿verdad? Y fueron
expulsadas –o huyeron para salvar la vida– cuando el Estado israelí fue creado.
Y –aquí tal vez hay que contener el aliento– los pobladores de Sederot a
principios de 1948 no eran israelíes, sino árabes palestinos. Su aldea se
llamaba Huj. No eran enemigos de Israel. De hecho, dos años antes, esos mismos
árabes habían escondido del ejército inglés a combatientes judíos de Haganá.
Pero cuando el ejército israelí se volcó contra Huj, el 31 de mayo de 1948,
expulsó a todos los pobladores árabes… ¡a la franja de Gaza!
Se volvieron refugiados. David Ben Gurión (primer israelí en ocupar el cargo
de primer ministro) la llamó acción injusta e injustificada. Lástima: nunca se
permitió a los palestinos de Huj volver a su ciudad.
Y hoy día, mucho más de 6 mil descendientes de los palestinos de Huj –la
actual Sederot– viven en el muladar de Gaza, entre los terroristas que Israel
afirma que se propone destruir y que lanzan sus cohetes hacia lo que fue Huj.
Interesante historia.
Lo mismo va por el derecho de Israel a la autodefensa. Hemos vuelto a oírlo
mencionar. ¿Qué pasaría si los londinenses fueran atacados con cohetes, como
los israelíes? ¿Acaso no devolverían el golpe? Bueno, sí, claro, pero los
británicos no tenemos más de un millón de antiguos habitantes del Reino Unido
aglomerados en campos de refugiados en unos cuantos kilómetros cuadrados en los
suburbios.
La última vez que este especioso argumento se utilizó fue en 2008, cuando
Israel invadió Gaza y dio muerte al menos a mil 100 palestinos (tipo de cambio:
mil 100 a
13). ¿Y si Dublín fuera atacada con cohetes?, preguntó entonces el embajador
israelí. Pero en la década de 1970 la ciudad británica de Crossmaglen, en
Irlanda del Norte, fue atacada con cohetes por la república de Irlanda, y sin
embargo la Real Fuerza
Aérea no bombardeó Dublín en venganza ni mató mujeres y niños irlandeses.
En Canadá, en 2008, los partidarios de Israel manejaban el mismo alegato
fraudulento. ¿Y si la gente de Vancouver, Toronto o Montreal fuera atacada con
cohetes desde los suburbios de sus propias ciudades? ¿Cómo se sentiría? Pero
los canadienses no han apretujado a los pobladores originales de su territorio
en campos de refugiados.
Crucemos ahora hacia Cisjordania. Primero que nada, Benjamin Netanyahu dijo
que no podía hablar con el presidente Mahmoud Abbas porque no representa
también a Hamas. Ahora dice que sólo puede hablar con él si rompe con Hamas,
aun si entonces ya no representaría a Hamas.
Entre tanto, el gran filósofo izquierdista israelí Uri Avnery –que a sus 90
años se conserva fuerte, por fortuna– ha abordado la más reciente obsesión de
su país: el peligro de que el Estado Islámico (EI) se lance hacia el oeste
desde su califato iraquí/sirio y llegue a la margen oriental del río Jordán. “Y
Netanyahu dijo –señala Avnery– que si no es detenido allí (en el Jordán) por la
guarnición permanente israelí, aparecerá a las puertas de Tel Aviv.”
La verdad, por supuesto, es que la fuerza aérea israelí aplastaría al EI en
el momento mismo en que se atreviera a cruzar el Jordán desde Irak o Siria.
La importancia de esto, sin embargo, es que si Israel mantiene su ejército
en el Jordán (para proteger a Israel del EI), un futuro Estado palestino no
tendría fronteras y sería un enclave dentro de Israel, rodeado por todas partes
por territorio ocupado por Israel.
Muy parecido a los bantustanes sudafricanos, observa Avnery. En otras
palabras, jamás existirá un Estado palestino viable. Después de todo, ¿acaso el
EI no es lo mismo que Hamas? Claro que no. Pero no es eso lo que oímos de Mark
Regev, vocero de Netanyahu. No, lo que él declaró a Al Jazeera es que Hamas es
“una organización terrorista no muy diferente del EI en Irak, Hezbolá en
Líbano, Boko Haram…”
Tonterías. Hezbolá es una milicia chiíta que ahora combate a muerte dentro
de Siria a los musulmanes sunitas del EI. Y Boko Haram –a miles de kilómetros
de Israel– no representa ninguna amenaza para Tel Aviv.
Pero ya me entienden ustedes. Los palestinos de Gaza –y por favor olviden
para siempre a los 6 mil palestinos cuyas familias vienen de la tierra de
Sederot– son aliados de las decenas de miles de islamitas que amenazan a Maliki
en Bagdad, a Assad en Damasco o al presidente Goodluck Jonathan en Abuya.
Aún más relevante al caso: si el EI avanza hacia el borde de Cisjordania,
¿por qué el gobierno israelí aún construye colonias allí –ilegalmente, en
tierra árabe– para civiles israelíes?
Esto no se trata sólo del infame asesinato de tres israelíes en Cisjordania
o del repugnante homicidio de un palestino en Jerusalén este. Tampoco del
arresto de muchos militantes de Hamas y políticos en Cisjordania. Ni de
cohetes. Como siempre, se trata de la tierra.
Fuente:
http://www.surysur.net/fundacion-para-la-integracion-latinoamericana/
FILA es una Fundación cuyo objetivo es organizar y difundir las actividades
y proyectos que tengan como fin la integración de las naciones y de los pueblos
latinoamericanos y del Sur, la difusión de sus culturas y la democratización de
los conocimientos.
Entre los objetivos centrales de FILA se encuentran: la defensa de la
democracia participativa y el pluralismo, la autodeterminación de los pueblos,
la paz, los derechos humanos, la lucha contra todo tipo de discriminación.
contacto@integración.info